Yo tenía un sueño de España… pero ese sueño murió hace tiempo. El que me acunará esta noche, será mejor. Mi guía en los Años Oscuros. Y vivirá por siempre jamás. Ej12Ms

10 jul. 2017

Veinte años


Han pasado veinte años, pero recuerdo aquel día.
Aquella tarde, mejor, la del once, con el solano achicharrando el paseo marítimo de la costa mediterránea, sin un alma por la calle, todos tendidos como lagartos en la arena de la playa, chapuzón tras chapuzón, mientras el menda servía helados de cucurucho y gofres de chocolate ataviado con la camisa ridícula con la que se me obsequió al firmar un curro de verano.
Recuerdo el lazo, azul... por todas partes. Salía en la TV, acompañando la silenciosa ascensión al Alpe d'Huez que emitían las pantallas; en los diarios, en las revistas, y la gente lo llevaba por la calle, un pequeño lazo en la solapa, en la camiseta de tirantes, en las conversaciones de las mesas.
En la infame camisa a lo caribeño de mi uniforme, también, el lazo azul.
Sería la última vez que volviera a ponerme algo de prestado.
Miguel Ángel Blanco podría haber sido buen vasallo... si fuese costumbre española la de los buenos señores. Lástima que la vieja piel de toro siempre haya tenido que lidiar con sátrapas, conspiradores, traidores y, de un tiempo a esta parte, cobardes. El gesto de valentía de una Nación duró el tiempo que tarda la serpiente en ser invitada al redil de las buenas palabras, ésas que sirven para disfrazar los gestos, lubricar los gaznates y transformar, a quienes gritan fuego, en dóciles feligreses del corral cenagoso, el alpiste de diálogo y el blanqueamiento sepulcral de los hacedores de la paz de los cementerios. El encantador de serpientes toca su flauta, agita el árbol de las nueces, edulcora el café de Perpiñán, retumban explosiones en Atocha, hay borrón y cuenta nueva a expensas de la memoria histórica, publicita el fin de las hostilidades y la economía... y la misericordia para los criminales... lo es todo.
Él murió por ser español, y ahora se sobrevive despreciando el serlo.
Recuerdo aquel día, sí, y hoy, como ayer, me siento triste.

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